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Las leyes del Creador eterno están contra la caza arbitraria y de la persecución de los animales
Quien pasea por la zona de bosques del Spessart, en el norte de Baviera, en Alemania, encuentra en su camino una y otra vez restos de nabos de forraje, maíz y sal. A más de un amigo de la naturaleza el corazón le palpita de alegría ante tanta solicitud con los animales silvestres – pero sólo hasta que se da la vuelta y a unos pocos metros de distancia descubre un puesto de caza elevado, en cuya línea de tiro se encuentra el forraje. Tiene ante sí un “cebo”, con el que se atrae a los jabalíes para ejecutarlos al alcance de la bala. El forraje está puesto a la manera de última comida de un condenado a muerte. El verdugo ejecuta la pena de muerte desde su cómodo asiento en la torre de caza, y considera lo que hace como un “deporte de caza”, que él practica en su tiempo libre. Por muy triste que sea: en el fondo, para los animales es incluso una suerte el ser ejecutados de esa manera, porque así tal vez mueren instantáneamente. Frecuentemente –se calcula que esto sucede en la mitad de los casos– con el disparo sólo se les “enferma”, como se dice en la jerga de los cazadores. El corzo herido, al que le han reventado los intestinos, o el jabalí, a quien le ha destrozado la mandíbula, se arrastra entonces, gravemente herido, hacia el matorral, donde esperan las crías, que tienen que contemplar la mísera agonía y muerte de su madre corza o de su madre jabalina. Al cabo de una horas, el mortífero tirador comienza con el “rastreo”, para rematar al corzo, para dar el tiro de remate a la jabalina o para “descabezar”a una liebre, lo que significa matarla a golpes con una paliza o con la culata de la escopeta.
El cazador describe a continuación cómo la madre corza mira con espanto a sus dos corcitos muertos y emprende después horrorizada la huida. Sin embargo, el tirador mortífero aguarda tranquilo, porque sabe que la corza, tal como él escribe, “siguiendo su instinto materno, tarde o temprano querrá saber el para-dero de sus corcitos”. Y así es, lamentablemente: Ella regresa. El cazador dispara, pero alcanza a la corza demasiado atrás: “Tambaleando al huir, dio un salto exactamente en la dirección en que estaban sus corcitos, para acabar desplomándose directamente ante ellos...“ Los zorros están expuestos a crueldades muy especiales. Son considerados como rivales de los cazadores, porque entre sus presas se cuentan también las liebres –por lo general los animales enfermos–, por lo que los ecólogos consideran a los zorros garantes de una sana población de liebres. Para los cazadores el zorro es, además, un “instrumento de rapiña”, con el que acaban con especial crueldad y acrecentada alegría. En la revista de caza alemana se puede leer que la caza del zorro tiene “un encanto especial”, del cual el “cazador apasionado no se puede sustraer”. A esta “pasión” pertenece también la caza con trampas, que a menudo deparan al animal una interminable lucha contra la muerte. Desangrándose y torturados por los dolores, yacen a menudo durante horas en la trampa que los ha atrapado. Las crías en la madriguera aguardan entonces inútilmente al que las alimenta, que está luchando por salvar la vida; o bien al final, royéndola, se corta su propia patita, para liberarse de la trampa y regresar a su familia con una pata amputada. “Los zorros son padres ejemplares y esposos fieles”. (Dag Frommhold) En total, en los campos y bosques sólo de Alemania se matan anualmente unos 5 millones de animales, por parte de aproximadamente 300.000 cazadores, para los que el matar es un estimulante nervioso, un placer de tiempo libre y un acontecimiento social. Disparan con todo tipo de cañones: contra las liebres a perdigonazos, que hacen que éstas griten de dolor como los niños pequeños; contra corzos y jabalíes con disparos de expansión, que hacen explotar los intestinos y la sangre de los animales gravemente heridos como “señales para el rastreo”, para que éstos, al huir, dejen huellas que ellos después pueden rastrear; disparan contra los zorros, que son ahuyentados de su madriguera hostigados por los perros de caza; disparan desde puestos elevados contra animales que han atraído sirviéndose de cadáveres, y disparan en las batidas contra animales, a los que primero provocan pánico. Y en las revistas de caza aseguran los unos a los otros, la gran alegría que supone para ellos la caza.
Es un enigma que en un país “civilizado”, en el que la mayoría de sus habitantes se consideran amigos de los animales, la caza no haya sido prohibida hace mucho tiempo. La tradición, que ha adormecido nuestro sentir ético, no es ninguna justificación para masacrar a los animales. Los tiempos en los que los hombres cazaban para poder sobrevivir, acabaron ya hace mucho. Cuando los hombres primitivos tenían que matar animales, pedían perdón a las almas de éstos. Nuestros antepasados de tiempos remotos, de los que queremos derivar nuestra pasión cazadora como característica humana, seguramente se distanciarían de ello espantados, si supieran que disparamos a los animales como a figurillas de tiro al blanco. Una parte de los animales matados acaba como cadáver en el bosque, el resto como cadáveres en los estómagos de algunos gourmets, que no quieren renunciar a su asado de cervatillo o de liebre. Nuestro vicio de placer culinario nos es más importante que el sufrimiento que, para satisfacerlo, deparamos a esas criaturas, que son nuestros hermanos animales. Tal vez deberíamos recordar a Pitágoras, que ya en el siglo VI ante de C. advirtió: “No importa sea lo que cause un hombre al animal, lo mismo le será devuelto con la misma moneda”. Especialmente bochornoso resulta cuando personas de nuestro tiempo, que dicen ser cristianas, se arman para participar en el asesinato en masa contra los animales. El mandamiento “¡No matarás!” no se restringió sólo para los seres humanos, y el pacifismo que enseñó Jesús de Nazaret era válido para todas las criaturas. Por eso los cristianos de los primeros tiempos rechazaban rigurosamente el matar animales. Ellos vivían de forma vegetariana. Y según el reglamento de la comunidad de (san) Hipólito, la caza era incompatible con la fe cristiana. Quien iba a la caza, era excluido de la comunidad. Sólo cuando el paganismo romano penetró en el cristianismo y la Iglesia se convirtió en religión oficial del Estado, estaba de nuevo permitido el matar, a seres humanos y animales por igual. Desde entonces, la Iglesia considera a los animales como seres carentes de alma, que están a disposición de la arbitrariedad de los hombres, como objetos de caza y de experimentación. Ante todo se encuentran dos tipos diferentes de estrategias. La primera está relacionada con una regulación interna del crecimiento de población de efecto fuerte y temprano, la otra se sirve de la posibilidad casi siempre existente de evitar o eludir algo temporalmente. Pues en la naturaleza apenas si se desarrolla una población en un espacio cerrado con idénticas condiciones de vida: ni tan siquiera el mar, que constituye el espacio vital más grande y estrechamente interrelacionado, ofrece condiciones idénticas en todo el mundo. La búsqueda de nuevas posibilidades de vida, antes de que un lugar se haga demasiado estrecho, es por ello una opción utilizada a menudo y válida en todo momento“.
Estudios recientes sobre el campo, hechos por los ecólogos, han demostrado que muchos animales disponen de un mecanismo interno para regular el crecimiento de población. Así se ha demostrado, por ejemplo, en el caso de los elefantes, que no son el hambre o la muerte los elementos decisivos en la tasa de crecimiento, sino la flexibilidad de las hembras al comienzo de su madurez sexual. En el caso de los zorros ocurre de forma parecida: “Si no se da caza a los zorros, y la oferta de alimento es suficiente, estos tienden a vivir juntos en comunidades familiares, que en otoño constan de un macho, de “su” hembra y por lo general de los retoños femeninos menores de un año de la última camada. En estas comunidades sólo la zorra de más edad es la que da a luz crías, mientras que sus hijas menores de un año, por motivo de factores sociales que aún se desconocen en detalle, practican la abstinencia sexual“. Si hay amenaza de sobrepoblación, se reduce la tasa de natalidad. Algo parecido se ha comprobado en el caso de los ciervos, alces, cabras monteses y otros mamíferos mayores. También muchas especies de pájaros, según sea la densidad de población, se retraen en la incubación. Si se mata a tiros a muchos de sus congéneres, entra en acción la reserva de los individuos que no incuban, y así crecen más aves que las que existían antes de la matanza de pájaros. Resumiendo, no se necesitan cazadores ensañados en disparar para restablecer el equilibrio entre los animales y la naturaleza; a largo plazo ésta se restablece por sí misma. Esto vale también para la proporción de los venados y los cultivos forestales jóvenes: en primer lugar es preciso establecer que si no se practicara la caza, muchos menos corzos y ciervos buscarían refugio en el bosque. Para un período de transición, los cercados de predios de conservación deberán asegurar un aporte suficiente de nuevas plantas. A largo plazo también en este caso se regularán las proporciones, no sólo por medio del descenso de la densidad de población de venados, sino también por la reducción del estrés de los animales, que cuesta “un montón de energía adicional”, “que estos tienen que disminuir, y por ello muerden los árboles“ (Reichholf). Y por último: quien con absoluta seguridad desee evitar los daños causados por las mordeduras de corteza de árboles, bajo las actuales condiciones en Europa Central tendría que eliminar prácticamente a todos los corzos y ciervos. Llegar a un acuerdo entre el bosque y la fauna salvaje es algo inevitable. “El bosque seguirá siendo bosque cuando en él puedan vivir árboles más pequeños que se vendan a un precio inferior… ” La violenta regulación de la población animal por parte del hombre no sólo es innecesaria sino evidentemente dañina, tal como se demuestra con especial claridad en el ejemplo de los zorros: en cuanto el ser humano interviene con escopeta y trampas en la organización social de la población de los zorros, las estables estructuras se desmoronan debido a la continua reorganización de las relaciones sociales. Se disuelven los fuertes vínculos de los animales con su hábitat y su firme unión en parejas. Los machos buscan diferentes parejas y el número de cachorros por camada aumenta. Y lo que no es menos importante: la intensa caza del zorro, con el objeto de combatir la rabia, acaba terminando en algo absurdo. Animales jóvenes que ya no tienen un propio hábitat se trasladan a territorios que van quedando libres. La tasa de contactos de los zorros asciende e incrementa así el peligro de contagio. A esto se añade el hecho de que “en el caos social de la sociedad de los zorros, que son perseguidos y cazados de manera intensiva, las luchas entre ellos y también las heridas están a la orden del día”, de forma que “el virus de la rabia encuentra en este caso las mejores condiciones para su expansión”. La guerra de los cazadores contra los animales es rechazada entretanto por la mayor parte de la población. Cada vez más personas están también hartas de que los cazadores se comporten como si fuesen los señores del bosque, ahuyentando a caminantes, y haciendo que con sus torres de caza cada vez más grandes, la naturaleza libre se parezca por trechos al jardín de un campo de concentración. La caza lo destruye todo: la vida de los animales, la belleza del paisaje, y el pacífico disfrute de la naturaleza libre por parte de hombres y animales. Especies enteras han sido ya extinguidas. Lobos, osos pardos, linces y gatos monteses, castores y búhos, alces y muchas otras especies de animales aparecen ya tan sólo en unas pocas regiones, y también allí están en peligro de extinción. Si los cazadores no tuvieran en la política y en la sociedad la protección de un grupo de intereses tan influyente, hace mucho tiempo que se hubiese prohibido su sangrienta ocupación de tiempo libre. Al menos se está formando un creciente movimiento contrario a la caza; una organización tan poderosa como la Agrupación alemana de protección de la naturaleza exige, por ejemplo, una limitación radical del catálogo de animales que se pueden cazar: la totalidad de las aves, animales de presa como el zorro, la marta y el turón, así como especies más pequeñas de animales como la liebre deberían estar protegidos durante todo el año, porque el cazarlos no sólo es innecesario, sino simplemente perjudicial.
La Fundación Gabriele celebra que haya todas estas aspiraciones que conducen paso a paso a la abolición de la caza. Entretanto crea espacios vitales que son lo suficientemente grandes como para reducir la presión de la caza. Los animales tienen que aprender de nuevo a tener confienza en el ser humano, sin tener que huir más de él. Por esta razón la Fundación adquiere campos y bosques, en los que los animales pueden vivir más y más en libertad, pudiendo encontrar también la unidad con todas las personas.
Para los cazadores esto es una espina que tienen clavada muy profundamente. Para ellos los bosques son en primer lugar campos de tiro. Allí donde las repoblaciones forestales y los correspondiente cercos amenazan el paso de los animales salvajes, los que visten de cazadora verde [como se denomina a los cazadores en Alemania] y sus acompañantes políticos (que se componen en su mayoría de “los que visten de negro” [que es como se suele denominar a los curas. Nota de los trad.] ), se oponen con resistencia masiva. Entonces ya no sirve el argumento de que las repoblaciones forestales forman parte de las metas del Estado y que están protegidas por los organismos que se ocupan de ello: por miedo a no tener suficientes animales delante de la escopeta, de pronto se apela al derecho de disfrutar de la naturaleza libre en los campos, cosa por lo que antes nadie se había interesado. En sus linderos entretanto hace ya tiempo que se han instalado una especie de franjas de la muerte para los animales. Así sucede, por ejemplo, en las delimitaciones de un bosque del municipio de la localidad de Hettstadt, en la Baja Franconia alemana. Quien planta allí árboles jóvenes, tiene que facilitar un camino de paso para caminantes inexistentes, cuando en verdad se trata de que los animales vayan de la superficie forestal recién poblada hacia el bosque del término municipal, pasando por las franjas de la muerte, que están vigiladas desde los altos puestos de caza, en las que se disparará en seguida contra ellos. Casos parecidos existen con seguridad también en otros lugares. Quien sepa de ellos, puede darlos a conocer a la Fundación Gabriele, para que la opinión pública se entere de esta situación. Pues, en la Constitución bávara se dice, como es sabido: “Los animales deben ser respetados como seres vivos y como criaturas que viven con el hombre... A las tareas prioritarias del Estado, de los municipios y de las entidades de derecho público, corresponde el proteger los bosques, debido a su especial significado para el mantenimiento del equilibrio de la naturaleza, así como el reparar en lo posible los daños ya causados o el equilibrarlos, el cuidar las especies autóctonas de animales y plantas y sus necesarios espacios vitales“. (Artículo 141 Párrafo 1) Esta solemne meta no sólo está fundamentada en la Constitución bávara, sino también asentada mucho más alto, como anunció hace ya tres mil años el profeta Oseas, cuando transmitió a la humanidad un deseo fundamental del Dios creador: “Sellaré un pacto en su favor aquel día, con la bestia del campo, con el ave del cielo, con el reptil del suelo; arco, espada y guerra los quebraré lejos de esta tierra y los haré reposar en seguro”. (Oseas 2, 20)
Nadie se pregunta si sería posible imaginarse a Jesús de Nazaret subido a un puesto de caza. Los cazadores, que tranquilizan su mala conciencia con las misas de San Huberto, deberían tal vez volver a leer más detenidamente la leyenda de "San Huberto": Éste fue durante un tiempo un cazador apasionado; pero de un día a otro dejó de matar animales para cumplir la voluntad de Cristo, al creer ver una cruz radiante en la cornamente de un ciervo. El designar a este hombre como patrón protector de la caza, bendecir en su nombre las armas de los cazadores y exponer durante la "misa", delante de la iglesia, la "caza" de corzos y liebres matados, constituye una esquizofrenia en estado avanzado. Theodor Heuss, el primer presidente de la Alemania federal, no en vano describió la caza como una "variante de la demencia humana", y como un "cobarde eufemismo de una modalidad especialmente cobarde de asesinar a criaturas desvalidas". |
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